lunes, 16 de febrero de 2009

Alfredo Gómez Cerdá

Alfredo tuvo la deferencia de enviarnos, hace ya tiempo, unas letras en las que nos hablaba de él, de su vida, de su obra, y de su pasión por la Literatura. Aquí, en este nuevo rincón que desde hace meses hemos creado, queremos recuperar sus palabras y dedicarle un espacio por lo que es: un autor consagrado, admirado y querido, que ha dedicado su vida profesional a la Literatura .

Érase una vez un hombre ni viejo ni joven, más gordo que flaco, introvertido, tímido e inseguro, que trataba de descubrir un poco de sentido a este mundo y a su propia existencia escribiendo en papeles las cosas que su mente imaginaba. Lo hacía desde los doce años, cuando empezó a leer los escasos libros que había en su casa –¡tan pocos!–, esa casa vieja con escaleras crujientes, tejado con goteras y un patio con pozo en la parte de atrás.

Con la propina del domingo se compraba libros –necesitaba la de varios domingos para comprarse un solo libro– y unos cuadernos con pastas de color verde, cuadriculados, que abarrotaba de palabras, ingenuas palabras que a sus amigos de entonces –sus primeros y fervientes lectores– les traían la noticia de feroces piratas en alta mar, curtidos vaqueros en las praderas de Arkansas, tenaces buscadores de tesoros en las selvas centroafricanas... Cuadernos en los que descubrió su vocación –que tanto tiene que ver siempre con la pasión–, cuadernos que un buen día se perdieron junto a un niño que, sin darse cuenta, había dejado de serlo.

A los quince o dieciséis años, solo, se marchó una tarde al teatro, a uno de esos teatros burgueses del centro de la ciudad. Le dieron un asiento situado detrás de una columna y tuvo que ver la función con el cuello estirado. No le gustó aquella obra de teatro, pero le fascinó el Teatro. Durante varios años hizo teatro: interpretó, pintó decorados, seleccionó música y, sobre todo, escribió.

Tal vez pudiera terminar aquí la historia de este hombre, justo en el sitio en que otros la empiezan, porque desde entonces no ha hecho otra cosa más que escribir y escribir, y que nadie le pregunte el porqué.

A veces se topa con el niño ingenuo que lleva dentro, el que vivía en la casa vieja en las afueras de la gran ciudad, se sientan un rato y se intercambian historias de ahora y de antes: Timo Rompebombillas, Apareció en mi ventana, Luisón, Nano y Esmeralda, Un amigo en la selva... En otras ocasiones un joven solitario y atormentado le coge del brazo y pasea con él por las calles despobladas del barrio, en medio de la noche; es un paseo largo, sin rumbo, a la deriva, como la propia adolescencia. Y entonces aparecen historias diferentes: La casa de verano, Pupila de águila, Sin máscara, La última campanada, Anoche hablé con la Luna, Sin billete de vuelta...

Este hombre, ni joven ni viejo, más gordo que flaco, introvertido, tímido e inseguro, que no sabe por qué escribe, pero que proclama a los cuatro vientos que escribir es lo más importante, a estas alturas de su vida, se reconoce a sí mismo a través de unos personajes que, misteriosamente, también sirven para que otras personas, a las que no ha visto en su vida, se reconozcan. Cada libro hace que surja de la nada un puente invisible y mágico lleno de emociones y sentimientos.

Este hombre ya no puede arrojar la toalla y permanecerá en el centro del cuatrilátero hasta que un golpe certero, de la propia vida o de la muerte, lo tire patas arriba. Mientras tanto, un puñado de personajes bullen en su cabeza, todos ellos desean saltar cuanto antes al papel. El hombre, el escritor, les facilitará como siempre el camino.

Alfredo Gómez Cerdá

Para más información sobre su vida, su obra, sus premios, su blog personal...

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