sábado, 30 de mayo de 2009

Los mejores corredores del mundo


Atletas de las Tierras Altas. Nacho Docavo Alberti. Edelvives, 2008, 189 p.

Atletas de las Tierras Altas es un homenaje a los atletas etíopes que tienen una preparación física muy trabajada para llegar a ser los mejores del mundo. La novela nace de preguntarse porqué nacen en aquella región los mejores corredores de fondo de la historia. Nos presenta a atletas africanos, hombres y mujeres, que frente a un futuro de miseria y pobreza, deciden esforzarse y prepararse en la altitud para luego parecer más ligeros en la pista.

Cuando el joven Asaffa ve al famoso corredor etíope Haile ganar la final de los Juegos Olímpicos de Sydney, toma la decisión de convertirse en atleta, como su compatriota. Pero su objetivo no es fácil ya que tiene que compaginarlo con el trabajo en el cafetal de su padres y con sus propios estudios. Así que tiene que esforzarse mucho si quiere que sus piernas le lleven tan lejos como sus sueños. “por muy duro que sea, no puede serlo más que estar recolectando café lo que me resta de vida”(p.31).

Es una novela en la que se vive el mismo ritmo del entrenamiento: tensión, disciplina, velocidad y que contagia el valor del esfuerzo, de la superación y sobre todo, la búsqueda de una vida mejor. Muy acertadas son las conclusiones que se presentan: “que el destino es caprichoso, que la vida da muchas vueltas, y que existen los milagros”. Con esta premisa invita a los jóvenes a soñar y al esfuerzo.

Nacho Docavo es etnógrafo, y se dedica a recorrer el mundo conviviendo con gentes y tribus de África, América, Oriente Próximo, Asia y Europa. Como bien se aprecia en su obra literaria, fruto de sus viajes y otras investigaciones son varios de sus libros en los que la realidad y la fantasía se mezclan en un divertido género de viajes y aventuras que a él le gusta llamar “etnointriga”.
Marigé Morales Gallo. CCEI

Si quieres leer un curioso encuentro del autor con un productor cinematográfico que se enamoró de su libro y del tema del atletismo etíope:

miércoles, 20 de mayo de 2009

Surcando los mares...


El barco de los locos
Vicente García Oliva.
Ed. Pearson Alhambra
Col. Pearson Educación.
Madrid, 2003

Bastián acepta una misión difícil: ser el capitán de un barco cuyos tripulantes son personas «especiales». Así, sin rumbo fijo y con la incertidumbre de cómo aceptarán los locos el destierro, comienza la travesía. No le importa cambiar su vida tranquila por algo nuevo e incluso darle un giro completo...
Se trata de una novela de amor fraterno en la que se nos muestra el valor de la solidaridad con los demás, en especial con quienes sufren limitaciones físicas o mentales. El autor se adentra perfectamente en la psicología de los personajes, llegamos a conocerlos como si los estuviéramos viendo: su proceso de crecimiento, sus cambios psicológicos, su desmembramiento interior y exterior... Aprendemos mucho también de nosotros mismos cuando nos paramos a mirarnos. Está claro que cuando a las personas se les da confianza, responsabilidad y cariño, éstas responden con creces. Las cosas se complican cuando prevalecen los intereses materialistas por encima de las personas, y cuando se confunde la justicia con el engaño.

Destaca la originalidad del tema, tan distinto de los que suelen dirigir al público juvenil actual: amor, droga, amistad... Hay que disfrutarlo por el simple hecho de leerlo, como las robinsonadas de Defoe, Salgari o Steveson surcando nuestros horizontes habituales.

Narrado con un lenguaje exquisito lleno de expresiones literarias, el vocabulario es rico y variado, con abundantes vocablos del mar. La lectura se hace amena, fluida y sobre todo original. Es un libro muy bueno, rico en valores y que defiende el valor innegable de la justicia.

Marigé Morales Gallo, CCEI

Si quieres conocer algo más sobre el autor y su bibliografía puedes visitar su propio blog:

Una interesante página de escritores asturianos:

Se nos fue, pero quedan sus letras



A la izquierda del roble
(del libro Noción de patria, 1963)


No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes
pero el Jardín Botánico es un parque dormido
en el que uno puede sentirse árbol o prójimo
siempre y cuando se cumpla un requisito previo.
Que la ciudad exista tranquilamente lejos.

El secreto es apoyarse digamos en un tronco
y oír a través del aire que admite ruidos muertos
cómo en Millán y Reyes galopan los tranvías.


No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes
pero el Jardín Botánico siempre ha tenido
una agradable propensión a los sueños

a que los insectos suban por las piernas
y la melancolía baje por los brazos
hasta que uno cierra los puños y la atrapa.

Después de todo el secreto es mirar hacia arriba
y ver cómo las nubes se disputan las copas
y ver cómo los nidos se disputan los pájaros.

No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes
ah, pero las parejas que huyen al Botánico
ya desciendan de un taxi o bajen de una nube
hablan por lo común de temas importantes
y se miran fanáticamente a los ojos
como si el amor fuera un brevísimo túnel
y ellos se contemplaran por dentro de ese amor.

Aquellos dos por ejemplo a la izquierda del roble
(también podría llamarlo almendro o araucaria
gracias a mis lagunas sobre Pan y Linneo)
hablan y por lo visto las palabras
se quedan conmovidas a mirarlos
ya que a mí no me llegan ni siquiera los ecos.

No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes
pero es lindísimo imaginar qué dicen
sobre todo si él muerde una ramita
y ella deja un zapato sobre el césped
sobre todo si él tiene los huesos tristes
y ella quiere sonreír pero no puede.

Para mí que el muchacho está diciendo
lo que se dice a veces en el Jardín Botánico:
Ayer llegó el otoño
el sol de otoño
y me sentí feliz
como hace mucho
qué linda estás
te quiero
en mi sueño
de noche
se escuchan las bocinas
el viento sobre el mar
y sin embargo aquello
también es el silencio
mírame así
te quiero
yo trabajo con ganas
hago números
fichas
discuto con cretinos
me distraigo y blasfemo
dame tu mano
ahora
ya lo sabés
te quiero
pienso a veces en Dios
bueno no tantas veces
no me gusta robar
su tiempo
y además está lejos
vos estás a mi lado
ahora mismo estoy triste
estoy triste y te quiero
ya pasarán las horas
la calle como un río
los árboles que ayudan
el cielo
los amigos
y qué suerte
te quiero
hace mucho era niño
hace mucho y qué importa
el azar era simple
como entrar en tus ojos
déjame entrar
te quiero
menos mal que te quiero.

No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes
pero puede ocurrir que de pronto uno advierta
que en realidad se trata de algo más desolado
uno de esos amores de tántalo y azar
que Dios no admite porque tiene celos.

Fíjense que él acusa con ternura
y ella se apoya contra la corteza
fíjense que él va tildando recuerdos
y ella se consterna misteriosamente.


Para mí que el muchacho está diciendo
lo que se dice a veces en el Jardín Botánico:
Vos lo dijiste
nuestro amor
fue desde siempre un niño muerto
sólo de a ratos parecía
que iba a vivir
que iba a vencernos
pero los dos fuimos tan fuertes
que lo dejamos sin su sangre
sin su futuro
sin su cielo
un niño muerto
sólo eso
maravilloso y condenado
quizá tuviera una sonrisa
como la tuya
dulce y honda
quizá tuviera un alma triste
como mi alma
poca cosa
quizá aprendiera con el tiempo
a desplegarse
a usar el mundo
pero los niños que así vienen
muertos de amor
muertos de miedo
tienen tan grande el corazón
que se destruyen sin saberlo
vos lo dijiste
nuestro amor
fue desde siempre un niño muerto
y qué verdad dura y sin sombra
qué verdad fácil y qué pena
yo imaginaba que era un niño
y era tan sólo un niño muerto
ahora qué queda
sólo queda
medir la fe y que recordemos
lo que pudimos haber sido
para él
que no pudo ser nuestro
qué más
acaso cuando llegue
un veintitrés de abril y abismo
vos donde estés
llévale flores
que yo también iré contigo.

No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes
pero el Jardín Botánico es un parque dormido
que sólo despierta con la lluvia.

Ahora la última nube ha resuelto quedarse
y nos está mojando como alegres mendigos.


El secreto está en correr con precauciones
a fin de no matar ningún escarabajo
y no pisar los hongos que aprovechan
para nadar desesperadamente.

Sin prevenciones me doy vuelta y siguen
aquellos dos a la izquierda del roble
eternos y escondidos en la lluvia
diciéndose quién sabe qué silencios.

No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes
pero cuando la lluvia cae sobre el Botánico
aquí se quedan sólo los fantasmas.
Ustedes pueden irse.
Yo me quedo.


Mario Orlando Hamlet Hardy Brenno Benedetti,
nuestro Benedetti.
1920-2009

martes, 12 de mayo de 2009

Una búsqueda de la libertad y la convivencia

La leyenda del bosque sin nombre
Pedro Riera
Ed. Alfaguara, 2007, 303 p
Dice la leyenda que hubo tiempo atrás un gigantesco incendio que asoló casi toda la tierra, salvo un bosque en el que se refugiaron animales muy diversos. Todos ellos llegaron al bosque sin nombre a través del desierto que quedó tras “la gran desolación”. Todos lo hicieron después de haber librado una contienda con la vida cada uno en el ámbito de su especie, o luego de haber defendido sus criterios de vida, haber superado sus limitaciones, o haber sobrevivido a una persecución. En el bosque encontraron el respeto y la igualdad, pero eso nueva vida no se hizo sin trabajo, ni sin generosidad. La historia de aquellos animales se ha ido transmitiendo de padres a hijos desde entonces y hasta ahora.

Es una parábola literaria que tiene el gran acierto de reflejar en el mundo animal las contiendas en la vida de la especie humana. Y están tan bien expresadas que pierdes en ocasiones la sensación de estar siguiendo la historia del bicho, y crees que es el batallar de una persona. Esas contiendas no siempre tienen éxito, pero en todas ellas aparece un fondo de superación de las limitaciones y una búsqueda de la libertad y de la convivencia.

Es un libro que enseña, muy creativo y muy vivo. Se lee bastante bien y transmite muchos valores. Al lector joven le guiará en la búsqueda de sí mismo. ¿Pero será cierto todo lo que explica la leyenda del bosque sin nombre? Para averiguarlo tendrás que acompañar al ciervo Homero, a la garrapata Abel, al cuervo Basilio, a los ratones Merak y al resto de sus amigos al bosque sin nombre y vivir con ellos sus aventuras.

Pedro Riera (Barcelona, 1965) es licenciado en Ciencias de la Información. Ha trabajado en televisión, cine y publicidad, principalmente en las áreas de producción y realización. En 1997 se instaló en Bosnia, donde trabajó durante dos años como productor, realizador y guionista de las campañas de televisión y radio de una organización internacional; y como fotógrafo y para diversas ONGs. En 2000 pasó dos meses recorriendo Kosovo. De su experiencia en los Balcanes han salido dos novelas Heridas de guerra (2004) y Un alto en el campo de los mirlos (2005), ambas publicadas en la editorial Verbigracia. Esta es su primera obra de narrativa juvenil, con la que ha ganado el premio CCEI de Narrativa Infantil y Juvenil, 2008.
Xavier Ilundain
Marigé Morales